¿Qué sucedió? - Manuel Garay "Mañoño"

 


Es una lástima que todo terminara de esa manera. ¿Qué conflictos tenemos sin saberlo?

     Entre él mediaba una hermana mayor y una menor con intervalo de dos años cada uno. Era el de en medio, lo que se conoce como el “hijo sándwich”. Fue criado en el seno de una familia común. Sus padres se esmeraron en brindar educación sin dogmas y sin ídolos, sin ideologías y sin doctrinas. Para ellos, un momento de dolor y sufrimiento era entendido como una lección de vida. No imponían castigo injusto ni mimo consentidor. Procuraban prodigar y mantener un ambiente sano y cordial, de criterio amplio y libertad de pensamiento en donde la crítica estuviera alejada de juicios de valor. En fin, se desarrolló dentro de una familia de papás sencillos, prácticos, comprensivos y cariñosos en la que todos desearíamos haber crecido.

     Simpático y bueno desde chico caía bien a todos. Tenía lo que se llama “ángel”. En sus primeros años escolares era frecuente verlo afuera del salón debido a su carácter inquieto, −hoy eruditamente llamado Trastorno en el Déficit de Atención−. Echaba bolas de plastilina a sus compañeros, volaba aviones de papel, incitaba al relajo; no al insulto soez.  Pero nunca, que me haya enterado, fue sancionado por mala educación. Con el paso del tiempo y de la mano de su personalidad, hacía de mago en las fiestas infantiles que sus hermanas organizaban a sus hijos; en los reventones juveniles horneaba pasteles de marihuana; preparaba cocteles mezclando bebidas en la ponchera mágica que llegó a ser considerada de épicas consecuencias; harina en lugar de talco espolvoreaba a los zapatos que veía sin dueño; tripulando su avión ecológico apagaba los cigarros de sus amigos diciendo “lo hago por su bien”, hasta logró que muchos dejaran el hábito; encontraban una amable respuesta todas las que querían bailar con él: “te voy a pisar, tengo dos pies izquierdos”. A pesar de sus calificaciones poco presumibles, concluyó de forma aceptable la universidad y recibió una beca para estudiar en el extranjero. “Una fila de sietes siembra menos duda que una de dieces”, solía decir a quien le preguntaba la razón de haberla obtenido. Si es verdad o no, es lo de menos; su sentido del humor nunca lo abandonó.

     La última vez que lo vi era otro. En su casa, sin trabajo, sin afeitar, al abrir la puerta su risa contrastaba con su semblante. Su espontaneidad era fingida, de mal actor actuando en la peor obra: la representación de sí mismo. Agobiado por una extraña enfermedad, ataviado con blanco ropaje, motivo de suspicacias y comentarios perversos de sus otrora amigos, antes de que se lo llevaran me confío con claridad indubitable: “Uno no es lo que quiere sino lo que le toca ser. El hombre propone y la rueda de la fortuna es la que dispone”.

     No lo he vuelto a ver.

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