La hoja de un diario - Manuel Garay "Mañoño"


Lo encontré en mi patio trasero. Es un manuscrito caído del techo de mi vecino. Lo leo.

     Curioso soy. Observador al máximo, todo se lo debo a mi madre cuando, siempre, invariablemente me lo recordaba hasta el punto de agotar mi paciencia: “Vives en la luna”.

     A Mariquita, le debo mi afición; a Galileo Galilei, Joan Rogert, Nicolás Copérnico y Giordano Bruno les debo mi deleite.

     Todos los días agradezco la casa donde nací y me crie. Colocado en el piso superior veo a través del telescopio el cielo que corre delante. Majestuoso, extiende su manto visible. Protector y provocador; no da dudas, es real. Se puede discutir con él todos los temas. Lo bueno es que no afirma ni niega ninguno. ¡Qué tan profundo es el misterio que envuelve lo que no podemos ver? Es mi ídolo el universo, por eso me cae bien, muy bien. Soy fanático de lo inimaginable. Así será siempre. Mis ojos no pueden percibir lo muy grande ni lo muy pequeño, lo muy próximo ni lo muy lejano. Creo, de todos modos, que existe vida en él. Almacena interminables y enormes gotas de agua.

     Día a día observo el espacio. Tengo el morbo clavado. El voyerismo me permite contemplar el perfecto acoplamiento de astros con lunas y planetas con estrellas en constelaciones de pasión infinita. Lo miro sin que él lo sepa. Sus movimientos y el cómo los hace me pertenecen en absoluto. Discreto que soy, nunca comentaré cómo se mueve, cómo gira, cómo goza, cómo

     Todos los días subo la escalera. Veintiocho escalones me separan de la tierra al cielo. Quisiera anotar con exactitud qué me sucede cada veinticuatro horas. Es tarea imposible de describir. A veces me siento veterinario al contemplar la vida de las Osas, sean mayores o menores.

     El negro color del espacio es simil perfecto al azul de la mar. Uno tiene astros y estrellas; el otro espumas y conchas; aquel posee luces y centellas, el otro almejas y caballitos; uno constelaciones grisáceas, el otro, mareas multicolores. Y ambos cuando les falta luz se mimetizan en el mismo y único tono.

     ¡Qué hermosa noche la de anoche!

     Todo se ve lejos o cerca, depende de nuestro esfuerzo. Mensajes escritos viajan sin interrupciones de galaxia en galaxia, de constelación en constelación; cometas de equívocos, arrebatos lumínicos cegadores, luces intermitentes, luces extraviadas, luces nocturnas, luces, luces y más luces que se apagan cuando el sueño me alcanza y la imaginación se extravía…

     ¡Qué linda está la noche!

     Aunque tengo algo de fiebre desde hace algunos días. No me siento dolorido, quizá triste, quizá rencoroso, quizá frustrado y por eso salí a consultarlo. No es dueño de la respuesta. Orienta con sus hoyos negros de saber profundo. Él sabrá guiarme. Encauzar emociones es lo suyo. No es médico pero cura.

     Mi pasatiempo, -galiléico-copernicano-rogertiano-brunano-, convertido en diaria pasión celebrada, demostró que el espacio es infinitamente mayor al ciberespeacio. Además, áquel, no tiene virus…

     Lástima, la lluvia sobre el papel impidió terminar de contar esta historia, para ustedes y para mí…

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