Náufrago - Karla Carrola


 Somnoliento, escuchó esa voz acercándose:

—¡Ey! ¡Hola!

Extrañar pensó estar soñando.

—¡Ayuda!

Despertó alarmado. Sobre los restos de una balsa mecida por las olas se acercaba desfallecido Amar.

¡Extrañar estaba tan emocionado de encontrar a otro ser! Antes de que apareciera en su vida, la única compañía eran cangrejos y algunas aves migratorias.

Agasajó al recién llegado con lo mejor que había en el islote. Con absoluta dedicación curó llagas y toda clase de heridas, alimentándolo como a una criatura desvalida.

Con mirada agradecida, el rescatado recibía sus tiernos cuidados. Amar se volvió el universo de Extrañar y Extrañar de Amar.

Cuando el convaleciente recuperó sus fuerzas y voz, se deshizo en preguntas:

—¿De dónde vienes? ¿Cuánto tiempo llevas solo en esta diminuta ínsula? ¿Intentaste escapar?

Quería saber todo acerca de él. Extrañar se sintió idolatrado. Los ojos del adorador le revelaban el paraíso oculto en la otrora prisión aborrecida.

Un día Amar lo miró de forma muy diferente.

—El pescado está desabrido, el agua de coco no es fresca, roncas mientras duermes.

Las quejas subían de tono:

—Haces mucho ruido al masticar, al respirar, al vivir...

El edén se tornó un infierno y la isla parecía empequeñecer a cada instante. ¿Estaría subiendo el nivel del mar? Sentía asfixiarse y no podía más.

Después de que Extrañar construyera una embarcación para abandonar su refugio, remó sin detenerse hasta que Amar e isla no fueron más que un punto en el paisaje.

Solo después de que la visión se esfumara, suspiró profundamente y aliviado se dejó llevar por el oleaje.

En la barca, junto con las provisiones, viajaban almacenadas sus trescientas dos incertidumbres, los doscientos veinticuatro temores, los noventa y cinco recuerdos de Amar.

Y una certeza que dominaba el horizonte infinito: lo extrañaría por siempre jamás.

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