Después de la z - Héctor J. Oñate


 

- ¿Ya está grabando?   Usted indíqueme en que momento comenzamos. ¿Si? ¿Se escucha bien?  Bueno, bueno, probando, probando, 1, 2, 3, 4…

       Bien, mi nombre es…   perdón, empiezo de nuevo; mi nombre “era” Juan Pérez; fui padre de familia, tenía esposa y dos hijos; era vendedor y trabajaba en una empresa de transportes, todos escuchamos en las noticias sobre el virus, eso despertó el pánico en la gente, también oímos cuando el ejército nos llamaba a encerrarnos en la fortaleza para no contagiarnos, pero al igual que muchos, mi familia y yo no creímos nada de lo que escuchamos. Algunos decían que solo era parte de una conspiración para el nuevo orden mundial, o no sé que tonterías, que querían hacernos daño y continuar manipulándonos.

       Una terrible noche, escuchamos disturbios, disparos, gritos de terror, angustia y desesperación, nosotros nos quedamos encerrados y escondidos en casa.  A la mañana siguiente, escuché a una niña golpeando la reja en casa, cuando le pregunté quién era, respondió solo con un gruñido, solo queríamos ayudarla, le abrimos y ella fue quién nos contagió, me mordió en el brazo, a mi esposa en una pierna y nos volvimos como ellos.  Primero sentí cómo mis piernas y brazos se me entumían, hasta el punto en que no podía moverlos, comenzó a faltarme el aire, caí sentado en mi jardín, recargado en la barda y supe que moriría; fue cuando una pequeña mariposa revoloteó frente a mí posándose en mis manos; por un instante observé maravillado y el vuelo de ese lepidóptero generó un milagro, haciendo que olvidara el momento tan desesperado que vivía.  Solo cerré los ojos y me dormí.  Por algún motivo no me comieron, me dejaron ahí tirado en el pasto.

       No supe cuánto tiempo permanecí en ese lugar, pero cuando recuperé la conciencia me sorprendí: todo estaba borroso, me costaba trabajo caminar, pero podía hacerlo, estirando los brazos sentía cuando un objeto bloqueaba mi camino; poco a poco mi vista se fue aclarando y pude verlos, nunca había visto algo tan horroroso, los muertos vivientes, los zombies.

       Mi familia ya no estaba en casa, toda la colonia estaba abandonada; vagué por las calles un par de semanas, nunca me dio hambre ni sed; a pesar de la herida en mi brazo, esta no sangraba; tristemente no podía percibir el olor de las flores, y parecía que mi corazón no latía, pero podía moverme. 

       Sentí la desesperación y el miedo de los que huían. Escuché los ataques, vi como el ejército disparaba contra la multitud que los atacaba, la turba pseudohumana quería comérselos; pero con un disparo en la cabeza, ya no podían levantarse; decidí alejarme de la multitud y esconderme en el bosque; sabía que yo era uno de ellos, pero, por algún motivo extraño, aún tenía una huella de conciencia; mi tobillo estaba roto, pero no me dolía al caminar; sabía que ya era invierno porque caía la nieve, pero no sentía frío;  así, en mi soledad, medité durante mucho tiempo, y creo que por esa situación tan desesperada, me volví más humano; es la razón por la cual vine, sabía que me arriesgaba al tocar las puertas de la fortaleza, los soldados que me abrieron estuvieron a punto de dispararme, pero les pude decir porqué estaba ahí, estaban asustados, parecía que miraban con ojos desorbitados, les hablé y los tranquilicé, les dije que no estaba todo perdido, que por algún motivo todavía estaba vivo y si me analizaban, quizá ustedes, los científicos podrían encontrar una cura para este virus maldito y así salvar a la humanidad.

       Dígame doctor, ¿Qué tengo?   ¿Qué soy? -

       El individuo que vestía una bata blanca y estaba sentado del otro lado del cristal, anotaba en un cuaderno, al dejar la pluma, levantó su cara y me miró, comenzó a reír nerviosamente, y sin dudarlo dijo:   - Estoy tan cansado y nervioso que ahora creo que escucho y veo fantasmas…

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