Belcebú - Carla Cejudo

 

 

“La gula es el origen de la enfermedad”

 

Trabajo como representante de laboratorio desde hace más de 20 años, uno de mis primeros clientes fue el Dr. Moreno; a través de las visitas en su consultorio particular nos convertimos en amigos. Hasta la fecha me gusta dejarlo al final de la ronda para terminar el día con una copa o un café frente a nosotros.

Cuando lo conocí, estábamos enamorados de nuestras profesiones, me complacía escucharlo: los pilares de la salud son la prevención, treinta minutos de ejercicio al día, una alimentación balanceada y una atención integral al paciente.

Consiguió trabajo en el IMSS. Estaba contento; desafortunadamente, las exigencias burocráticas lo desalentaron; recuerdo la primera vez que se quejó porque le llamaron la atención: le dedica usted demasiado tiempo a un solo paciente, la regla dicta diez minutos, “¿Qué atención se merecen entonces?”, preguntó con amargura.

Un día confesó lo decepcionado que estaba de su profesión: la falta de medicamentos, los expedientes que después nadie consideraba para un seguimiento; los estudios de preferencia a los recomendados y un largo etc.

Comentó que él había estudiado; sí, para hacerse de un patrimonio, pero que ser “chambista” no era lo suyo. Me confió que le había enviado una carta al director general del instituto, la cual tenía como objetivo dar unas pautas para mejorar el servicio de atención de primer piso. 

Como respuesta obtuvo un ascenso, estaba feliz. Ahora sí, me dijo en una de nuestras habituales reuniones: Vamos a lograr que esa mole se convierta en un lugar para atender a los enfermos, como en el primer mundo.  

Luego de su ascenso no lo escuché quejarse más; sin embargo, me llamó la atención que pasado un tiempo nuestros cafés se convirtieron en opíparas cenas. Me inquietó el cambio de su fisonomía: un considerable aumento de peso y, con la misma convicción como evitaba la ingesta de verduras, le sacaba la vuelta a los temas de trabajo.

Me invitaba a restaurantes donde los meseros le prodigaban las más finas atenciones: sabían lo que pediría: un rib eye, con su cinturón de grasita (el corte), término inglés, acompañado de una papa al horno. Llegaban con baberos de tela para evitar que manchara la corbata convertida en parte indispensable de su atuendo.

Mientras comentaba su último viaje o el modelo de su coche recién adquirido, la grasa se le resbalaba por las comisuras de los labios; con esmero se limpiaba con la servilleta de tela que después reposaba exhausta sobre la mesa; se aflojaba la corbata y sin necesidad de solicitarlo le llevaban su chinchón “campechano” y un café express.

Hace poco lo encontré afuera del hospital: sentado en un puesto de quesadillas, seis recién salidas en su mano derecha, servilleta en la izquierda; no sé, me dio pena la imagen (pobre servilleta).

Le recordé la idea de los pilares, pero su mirada severa me advirtió que lo mejor era no volver a tocar el tema.

Hoy, toca pasar a saludar, quedamos de vernos a las seis para encontrar mesa en un restaurante de moda que quiere conocer. Su secretaría me informa que hace un momento tuvo un coma diabético fatal.

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