No tengo por qué buscarlo - Leví García Morales
Llegué temprano, como siempre, a mi trabajo. Lo saludé, y sin más protocolo subimos al auto. Iba impecablemente vestido con su uniforme de gala de Vicealmirante.
Después de un corto recorrido, bajamos del coche negro, flamante de limpio.
Entre la multitud, seguí al señor, con grandes esfuerzos, hasta que por los empujones y paso rápido, lo perdí. No pude seguirlo.
Angustiado, nervioso hasta el paroxismo, lo busqué por todos lados en donde creía debería estar. A la media hora después de sudar copiosamente, más por los nervios que del esfuerzo. Lo encontré y me acerqué.
No pronunció palabra, se veía muy molesto. Terminó el evento, subimos al auto y nos dirigimos a la oficina.
Helado silencio nos acompañó en el recorrido. Al llegar, tomé el portafolio y lo seguí. Al entrar a su enorme oficina y estando solos, me dijo:
-Ésta es la primera y última vez que usted se pierde. Yo no tengo por qué buscarlo. Puede retirarse.
Fui por seis años jefe de escoltas del Subsecretario de Puertos y Marina Mercante.

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