El Bulto - Leví García Morales
Fría mañana de invierno, llegó con un bulto a la casa.
Me di cuenta que era mi hermano. Difícil reconocerlo, tenía varias décadas que no se aparecía.
-Ahí te dejo eso. ¡No preguntes!
Sin decir otras palabras, en el sillón de la sala, dejó el paquete y sin despedirse se marchó, tan rápido como llegó. No me dio oportunidad de decirle nada. Puso el fardo de pequeñas sábanas, bueno, es lo que vi a primera vista. Jamás volví a saber nada de mi hermano.
Aquella mañana, medio somnolienta, pues acababa de levantarme, con dudas e inquietudes, me acerqué al bulto de ropa que había dejado mi hermano.
Con cuidado quité las telas que envolvían algo, como hojas de maíz que cubrían el contenido.
Llegué al meollo, sorprendida me quedé, al ver totalmente dormido un bebé, sin llorar. Al descubrirlo, me di cuenta que era una pequeña niña, sí muy pequeña. Mi hermano me había dejado a la niña, como si fuera bulto, sin vida.
En aquella época, solo la presenté para registrarla como mi hija, le puse nombre y le di el amor de madre.
Pasaron varios lustros y la pequeña preguntaba por su padre, sus abuelos y demás parentela que veía tenían las amigas de su edad. En el momento que consideré adecuado, en una tarde, inicié larga charla y le conté la historia de cómo había llegado a mi vida. Ambas sollozamos largamente y nos abrazamos.
En muchas ocasiones nos sentamos y lloramos, hasta que de tanto hacerlo, los ojos se resisten, ya no salen lágrimas.
Desde entones, cuando lo cuento, sigo sintiendo gran dolor, pero ya no lloro, bueno de vez en cuando. Acepto la maravillosa madre que tuve.

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