Enfermo - Guillermo Torres
Octavio ha regresado, vive enfrente de la cafetería del parque.
Esa mirada insistente, concentrada y, no sé cómo decirlo, ¿enfermiza?, no, enfermiza no. Es una palabra absurda y enfermiza, claro. Aunque no hay otra. Será que él me parece enfer...no, dañado.
Estando en el café del parque lo descubro; es él: nuestro condiscípulo Octavio ha vuelto, me lamento. Ya Susana me había advertido: andaba bien enterada del suceso y con un inusitado interés. No me molesta su regreso, no tendría por qué, no hay razón; solo que…¿cómo decirlo?...tal vez no me agrada. Eso, “no me agrada”.
Susana pretendía que lo visitáramos, como un detalle de bienvenida; me le quedé viendo fija e inquisitivamente; ya no insistió y yo me quedé distante. Entre ella y yo nunca hubo nada, ni antes en la escuela, cuando Octavio era nuestro compañero, ni ahora. Somos amigos, existe estima, pero no he querido dar un paso más. No sé si con él lo dio. Era popular en la escuela, hasta aquel día, en que todos nos quedamos alarmados, por decir lo menos.
Recuerdo que al final de año presentó un trabajo sobre aves disecadas, cuando le inquirieron: lo que habrán gastado tus padres, nos quedamos boquiabiertos con su respuesta: yo mismo las atrapé, afirmó triunfalmente.
Luego del suceso la pasaba mirando el cielo. Nos preguntábamos cuál sería su siguiente víctima. Viví aterrado al imaginar cómo los habría sacrificado. Lo tratamos con repudio, aunque probablemente ni se enteró. Como un golpe de suerte, pensé en aquel tiempo, su familia se mudó a otra ciudad; nadie lo recordaba, excepto yo y por supuesto Susana.
Ahora que ella me informa con evidente entusiasmo, omito recordar aquellos sucesos. Me resultan tan obvios que…bueno. No menciono lo de las aves.
Ayer no pude dormir, pasó por mi cabeza denunciarlo, pero me tratarían de loco. ¿Bajo qué argumentos podría ser culpable o culpable de qué? Yo mismo no sabría explicarlo. Pero la angustia me tiene en un hilo. A raíz de ese deseo, siento crecer en mi interior una enredadera que me sumerge en aguas oscuras. Por las noches me asalta la imagen de él pudriéndose en la cárcel, pero con las primeras horas del día caigo en una depresión y mis cavilaciones me resultan absurdas y bobas. Sin embargo, mis visitas a la cafetería ahora son más frecuentes y prolongadas; sé que allí podrían surgir nuevas ideas.
Lo observo desde mi taza de café. No he querido visitarlo, pero cada día crece en mi interior una angustia que me oprime, como si algo me empujara a desafiarlo. A señas pido un vaso de agua. ¿Habrá sido un ataque?, no, no soy de esos que se engarrotan. No lo soy. Mañana iré a verlo.
Es un poco tarde, pero me animo y dirijo mis pasos a la tienda, entro y antes de que me pregunte qué se me ofrece, veo allí, encima de una repisa, aquel horroroso espectáculo: reposados en una tabla negra, una colección de aves disecadas. Por supuesto, ha crecido: una pared está decorada con una cabeza de toro y del techo, como si aún volara, una colorida ave. Casi me desmayo. Salgo corriendo, dejándolo con el saludo en la boca.
Por azares del destino, días después lo encuentro en un restaurante. Me reconoce, aunque no menciona mi visita a su tienda. Nos saludamos. A pesar de su delgadez, se adivina fuerte, ahora lleva el cabello largo. No puedo dejar de ver sus manos: grandes y gruesas. Me platica sobre su vida: su orfandad y viudez sin hijos. Solo, regresó a habitar la casa familiar. No pregunto nada en lo absoluto, ni platico sobre mí, apenas puedo sostenerme en la silla. Hago un esfuerzo por no vomitar: me parece ver sangre coagulada en sus uñas y un olor penetrante que emana de sus ropas o quizá de sus manazas. Algo capto sobre su tienda, quiere que lo visite para mostrarme “no sé qué cosa”, dice. Pretexto algo y me alejo como si tuviera frente a mí a “Jack el destripador”.
Al día siguiente, me despierta una llamada de Susana: Octavio nos invita a su casa a cenar, apenas menciona su nombre y sus ojos y labios de carnicero se me revelan. Por supuesto, le hago saber que ya tengo compromiso. Por no dejar, le pregunto si recuerda lo de las aves, a lo que ella me revira: ¿qué aves?, ya no insisto, su mirada de ¿estás enfermo?, no la soporto. El resto de la mañana mi mente divaga en imágenes confusas. Me asalta la idea de que ella corre peligro: ¿y si la intenta disecar?, pero la descarto por ser completamente infundada: no hay razón para ello, me convenzo. Sin embargo, mi mente no deja de darle vueltas a ese oscuro presentimiento. Para no pensar en la invitación, resuelvo visitar a mi tía que vive en las afueras de la ciudad. Me comunico y acuerdo llegar para la cena.
El tráfico está pesado, pero al fin llego. Es una mujer agradable, recuerdo que se le da platicar sobre leyendas, la mayoría inventadas, trozos de aquí, de allá y aderezadas con una imaginación desbordante. La velada resulta mejor de lo planeado. Por un momento pienso en mi amiga, la imagino con cariño y, cosa extraña, con algo más que aprecio. La distancia hace que las cosas se miren con ojos más benévolos…
De algún modo, la charla se desvía hacia una de sus historias: una persona que de niño disecaba aves, conforme crece los animales son más grandes; luego le dio por exhumar cuerpos y…no le permito terminar, un rayo alumbra mi cielo: al final le toco turno a su familia, concluyo, en el sótano tendría una especie de museo del terror. Mi tía calla y observa mi cara de pánico. No me despido, salgo a toda prisa. En el camino intento comunicarme con Susana: su celular me manda al buzón. Me imagino lo peor.
Voy directo a casa de Octavio, las luces apagadas me enloquecen por lo que significan. No intento tocar la puerta, lo quiero tomar por sorpresa, la casa está en silencio. Me asomo por las ventanas, no distingo absolutamente nada y la adrenalina me carcome el cerebro, me siento enardecido y furioso conmigo. Fui un imbécil por permitir que Susana viniera sola con este monstruo. Intento nuevamente el teléfono, otra vez el maldito buzón.
Encuentro una ventana abierta. Entro. Está oscuro, no sé dónde me encuentro. Titubeo con la luz del celular, pero la descarto de inmediato, debo ser cuidadoso. Tintinean objetos en el piso. Poco a poco mis ojos se acostumbran. Busco un acceso al sótano, pero no lo ubico. Subo las escaleras. Estoy temblando, intento calmarme, no sé qué va a suceder. Distingo varias puertas, todas cerradas. Abro con cuidado: la primera, un baño; la segunda: una recámara vacía; en la tercera distingo una cama y alguien acostado. Debe ser él, desgraciado asesino. No pienso más, tomo un cinturón colgado y me lanzo sobre él: ¡Eres un enfermo!, grito. No le permito la más mínima salida: le cargo toda mi humanidad, lo tengo controlado. Dejo pasar un largo minuto luego de su último esfuerzo. A decir verdad, esperaba más de él.
Escucho que la puerta se abre, la luz me enceguece:
─ ¿Qué hiciste? ─pregunta Octavio, al tiempo que descubro con horror el cuerpo inerte de Susana. Le cubro la cara, una súbita repugnancia me invade: algo en sus pequeños y negros ojos me recuerdan un ave.

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